miércoles, 13 de abril de 2016

Acerca de Uber

Ayer comenzó a operar Uber, la compañia que disputa con los taxis tradicionales, el transporte de personas.
Como aparentemente, hay una mayoría de personas encantada con la posibilidad de pagar menos que en el taxi, por el mismo viaje, me parece importante analizar de que se trata todo esto.
Por eso transcribo parte de un artículo aparecido en Le Monde Diplomatique de marzo.
El artículo se llama Fascinados con Silicon Valley y analiza la relación del gobierno de Barack Obama con las empresas de Silicon Valley.
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En lo que respecta a Plouffe, el mítico ex director de campaña de Obama, ahora está consagrado a la venta de la aplicación Uber de la misma manera que antes vendía al campeón demócrata: como una solución a la recesión. “Hay todavía demasiada gente a la que no le llegan los efectos del repunte económico, demasiada gente que busca trabajo”, decía en 2015 durante un discurso en una incubadora de empresas en Washington. Dado que le da a cualquiera la posibilidad de ganarse el pan manejando su propio auto, Uber “aporta una ventaja cada vez más importante frente al desafío del estancamiento salarial y del subempleo” (5).

La superchería tecnológica
Ahora bien, muchas innovaciones empresariales unánimemente celebradas no son en realidad más que instrumentos concebidos para eludir las reglas económicas y sociales de nuestras sociedades. 
Uber es el ejemplo más claro: la mayor parte de sus ganancias proviene no de sus conocimientos en materia de localización de vehículos con chofer, sino de su manera de escapar a la reglamentación local y nacional aplicada a la industria de los taxis, sobre todo en materia de seguridad y seguros. 
Y así como Airbnb autoriza a los prestatarios y a los clientes a ignorar las leyes a las que está sometida la hotelería convencional, Amazon le permite a la mayoría de sus consumidores quedar por fuera de los impuestos al valor agregado. El gigante de la venta online además explotó su posición dominante en el mercado del libro en Estados Unidos para dictarles sus condiciones a los editores y tomarse represalias contra los que rechazaban plegarse a esas reglas. 
El irreprochable Google actúa de manera idéntica con los anunciantes. Eso le valió en 2012 una investigación de la Comisión Federal de Comercio (FTC), que estimó que sus prácticas les ocasionaban “un perjuicio real a los consumidores y a la innovación en el mercado de la publicidad online”. Al día de hoy, sin embargo, ni Amazon ni Google tuvieron que pagar la más mínima multa. 
Otra gran proveedora de cháchara sobre la innovación, la industria farmacéutica, propone una variación sobre el mismo tema. En efecto, no para de reivindicar su derecho a ejercer todos los poderes que quiere para agotar sus productos, sin lo cual, argumenta, dejaría de estar a la altura como para innovar. Nada de innovación sin monopolio; disputarle la más ínfima de sus prerrogativas la obligaría a cerrar sus fábricas.

Insólita la denominación que eligió Amazon para designar a su stock de empleos precarios ocasionales: el “turco mecánico” (6). Cuando una tarea no puede ser llevada a cabo por computadoras, se la confía a un ejército de reservistas a los que se les pagan monedas. Difícil imaginar una mejor iniciación en la “economía compartida”, así llamada porque el trabajador utiliza su propio auto, su propio alojamiento o su propia computadora para el gran beneficio del empleador (7). Esta economía fue una de las fuentes de empleo más fastuosas de los años Obama. 
El éxito de la fórmula se basa en la facilidad con la que cualquiera se puede anotar en una empresa con la que supuestamente se “comparte” y transformarse así en una especie de servidumbre, a la manera de un suplente, con no más que un software para garantizar la relación con el cliente y con el empleador. 
Todo eso vuelve al asunto lo más digital, innovador y rentable que sea posible. Bajo todos estos otros aspectos, sin embargo, responde a un modelo de explotación de mano de obra que está entre los más nocivos y asimétricos de las últimas décadas. 
En el caso de Uber, los costos y los riesgos asociados a esta actividad –obligación de sacarse un seguro, tener un vehículo, encarar las eventualidades de una licencia por enfermedad o la perspectiva de la jubilación, etc.– corren todos por cuenta del trabajador, mientras que el “innovador” californiano que concibió el software se queda con la parte del león sobre las ganancias así obtenidas. Es el “cada cual a lo suyo” erigido a la categoría de estrategia nacional para el empleo.

El PDG de una empresa de financiación compartida bautizada como Crowd Flower expone en estos términos la receta-milagro: “Antes de internet, habría sido difícil encontrar a alguien que trabajara para vos por diez minutos para echarlo al cabo de esos diez minutos. Pero, gracias a la tecnología, uno puede encontrar realmente a esa persona, darle una pequeña suma y después deshacerse de ella cuando uno ya no la necesita” (8). No es sorprendente que el PDG que pronunció estas palabras –un joven gentleman llamado Lukas Biewald– sea un donante de Obama.

Aunque ninguna de las innovaciones mencionadas más arriba es particularmente digna de elogio, conviene agregar que tampoco ninguna era inevitable. 
El gobierno fácilmente habría podido prevenir, o al menos atenuar, la manera en la que han evolucionado. Todo se hizo con el acuerdo del poder político federal o de los Estados, e incluso en su mismo seno. Y cuando el Departamento de Justicia descubrió en 2010 un plan que apuntaba a limitar los salarios de los trabajadores de las nuevas tecnologías, reaccionó más o menos de la misma manera que en 2008 frente a los banqueros “demasiado pesados para mandarlos a la cárcel”: inició demandas en lo civil, antes de sacarles a las empresas implicadas… la promesa de no volver a empezar en un plazo de cinco años (9).

Para muchos demócratas, ni hablar en efecto de contrariar a los “innovadores”. ¿No dirigen industrias propias y virtuosas, industrias del conocimiento, y además instaladas en su mayoría en Estados que están unidos a la causa del partido? Estos emprendedores representan a la clase educada, la clase creativa. Son el futuro, es decir, con lo que no hay que pelearse.

Como hace notar Robert Reich, estas evoluciones son “el punto culminante de un proceso que se lanzó hace treinta años, cuando las grandes empresas empezaron a transformar a los empleados de tiempo completo en trabajadores suplentes, subcontratados, independientes y consultores” (10). Responden al atavismo y no a la innovación. No invirtieron la tendencia de las últimas décadas: la aceleraron.

1. “A strategy for American innovation. Securing our economic growth and prosperity”, Casa Blanca, Washington, DC, febrero de 2011.
2. John Gertner, “Inside Obama’s stealth startup”, 15-6-15, www.fastcompany.com.
3. Barack Obama, La audacia de la esperanza. Reflexiones sobre la reivindicación del sueño americano, Vintage, Nueva York, 2007.
4. “Hillary Clinton leans on Eric Schmidt’s startup for campaign technology”, Quartz, 16-10-2015, www.qz.com.
5. Discurso ante el DC Tech Incubator 1776, Washington, DC, 3-11-2015.
6. Véase Pierre Lazuly, “Teletrabajo basura en internet”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, octubre de 2006.
7. Véase Evgeny Morozov “De l’utopie numérique au choc social”, Le Monde diplomatique, agosto de 2014, y “La uberización del mundo”, edición especial Nº 200 “El mundo en crisis”, Le Monde diplomatique, febrero de 2015.
8. Citado en Moshe Z. Marvit, “How crowdworkers became the ghosts in the digital machine”, The Nation, Nueva York, 5-2-2014.
9. “Justice Department requires six high tech companies to stop entering into anticompetitive employee solicitation agreements”, Departamento de Justicia, Washington, DC, 24-9-2010.
10. Robert Reich, “The Share-the-Scraps Economy”, 2-2-15, www.robertreich.org.


* Periodista. Autor de Listen, liberal: Or, What Ever Happened to the Party of People?, Metropolitan Books, Nueva York, libro que aparece en Estados Unidos en marzo de 2016 y al que pertenecen estos extractos.

Traducción: Aldo Giacometti

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